Debe su nombre al matadero municipal o rastro que existió hasta finales del siglo XVI en la actual Plaza del Rastro, que se halla intramuros al finalizar este paseo. A mediados del siglo XIX se realizó el presente muro de contención y la verja.
Desde este punto, se avistan las montañas por las que siempre venían los moros. Las murallas en la Edad Media significaban el límite entre el espacio salvaje y el espacio humanizado. El primero era percibido como un espacio caótico y peligroso que contrastaba con la seguridad y el orden que proporcionaba la cerca.
En el campo vivian las personas que ocupaban los lugares más bajos de la escala del privilegio, los campesinos. Sin embargo ellos y su trabajo mantenían la ciudad y a sus habitantes. La preeminencia de la ciudad sobre la tierra, llegaba hasta el punto de que sobre los campesinos recaía el 80% de cualquier gasto en infraestructuras urbanas, incluido “el reparo de los muros”, es decir el arreglo de la muralla. No es extraño que los rústicos al acercarse a la ciudad pensaran que detrás de las murallas lo que había era un espacio de poder y de dominación.
Foto: Isabel Vega
Fuente: Avila Turismo



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